Aquellas simples palabras le provocaron un escalofrío que le recorrió la espalda. Lo ignoró, les dio la espalda a los tres y se puso a abrir la maleta.La puerta se cerró con un clic detrás de ellos. Riley soltó un aliento tembloroso y se dejó caer en el borde de la cama king, apretando los muslos con fuerza. Sus bragas ya estaban húmedas. Solo por sus voces. Solo por la forma en que la habían mirado, como si ya pudieran saborearla, sentirla, poseerla. Odiaba lo mucho que su cuerpo respondía. Siempre había sido la responsable, la chica que estudiaba hasta tarde, que salía con chicos seguros que nunca le hacían perder el control. Estos tres parecían pura tentación andante, y todos sus instintos gritaban peligro.Aun así, no pensaba ponérselo fácil.Se quitó la ropa gastada del viaje —vaqueros, camiseta de tirantes, sujetador y bragas sencillos de algodón— y se metió en la lujosa ducha de lluvia. El agua caliente caía en cascada sobre su piel, aliviando los músculos doloridos del largo
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