El ascensor privado del edificio Villanueva se abrió directamente hacia el último piso de la residencia con un sonido limpio y elegante que a Valeria le recordó, de manera involuntaria, el tipo de silencios caros que siempre habían dominado aquella familia: silencios construidos con dinero, alfombras gruesas y secretos demasiado viejos para pronunciarse en voz alta. Mateo caminó apenas medio paso delante de ella. Ninguno de los dos habló durante los segundos posteriores a su llegada, pero Valeria percibió con claridad el modo en que el cuerpo de Mateo había cambiado desde que supo lo de Elena Villaseñor: la tensión permanente en los hombros, el movimiento más rígido de la mandíbula, la respiración controlada hasta el extremo de parecer casi dolorosa.La secretaria personal de Arturo apenas levant&oacu
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