Denver permanecía sentado en el coche, esperando pacientemente a que las chicas terminaran su visita a la iglesia. Su mente estaba perdida en pensamientos profundos, vagando sin control por los acontecimientos de los últimos días. El peso de todo lo ocurrido lo tenía sumido en un silencio reflexivo, con la mirada fija en el horizonte mientras intentaba procesar las emociones que lo invadían.Justo cuando empezaba a adormilarse, una monja dio unos suaves golpes en la ventanilla. Denver la bajó lentamente, mirándola con curiosidad.—Hola, Denver —saludó la monja, con los ojos llenos de una calidez y bondad sinceras.—Hola —murmuró él con voz baja.—Hoy, mientras limpiábamos la habitación de Sharon, encontramos algo que estaba dirigido a ti —dijo la monja, extendiendo una pequeña caja con cuidado.El corazón de Denver dio un vuelco al recibir la caja. Sus dedos recorrieron la superficie familiar, sintiendo un nudo en la garganta. —Gracias —susurró, con la voz apenas audible.La monja le
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