El rostro de Máximo no cambió.Eso era lo más aterrador. No la frialdad, no la distancia, no esa impenetrabilidad suya que Valentina había aprendido a leer en los márgenes donde el control fallaba. Era el hecho de que sus ojos se movieron de su cara a la mano de Rodrigo sobre la suya, procesaron exactamente lo que estaban viendo, y la superficie de su expresión permaneció tan intacta como si hubiera visto algo completamente ordinario. Como si no hubiera visto nada que importara.Pero ya no era la misma superficie de antes. Valentina lo sabía, con esa certeza que se adquiere cuando uno lleva suficiente tiempo observando a alguien con suficiente atención: debajo de esa
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