El balcón de la habitación 1204 era, en su dimensión objetiva, un rectángulo de piedra de aproximadamente tres metros por dos, con una baranda de metal negro que separaba el espacio del vacío de la noche monterreyana. Tenía dos sillas de aluminio que nadie había usado, una mesa pequeña donde descansaba la copa de vino sin terminar que Valentina había olvidado ahí hacía horas, y una vista de la ciudad que a esa hora de la madrugada tenía la quietud específica de las ciudades industriales cuando la maquinaria humana descansa y solo quedan encendidas las luces que nadie apagó.En su dimensión subjetiva, en ese momento específico, era el único lugar del mundo.
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