Una semana más se termina y Abril solo quiere llegar a casa, frenar a su suegra, tirarse en la cama con su pequeña Mía y dormir una deliciosa siesta juntas, hasta que Liam se una a ellas.Las puertas del ascensor principal se abren para ella, pero el escenario que recibe a Abril no tiene absolutamente nada que ver con la comedia renacentista que Liam le había descrito por teléfono hace apenas veinte minutos.No hay decoradores franceses hiperventilando, no hay muestras de papel tapiz esparcidas por el suelo de mármol y, lo que es mucho más alarmante, no hay rastro de las risas de Mía.En su lugar, el departamento está sumido en un silencio sepulcral, pesado y eléctrico, como el aire denso que precede a un huracán devastador.Dos de los hombres del equipo de seguridad, vestidos con trajes negros y posturas rígidas, custodian la entrada al pasillo principal. Al ver a Abril, asienten con la cabeza, pero no relajan sus músculos.—¿Qué dem
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