Apenas se cierra la puerta del dormitorio, las manos de David ya están sobre mí, deslizándose bajo la fina seda de mi bata mientras me empuja contra la pared.Echo la cabeza hacia atrás contra el yeso frío, dejándolo besar la línea de mi cuello mientras mis dedos desabotonan su camisa. Su piel sigue firme bajo mis palmas, aunque los músculos se han suavizado un poco con los años y el vello de su pecho ahora es más plateado que oscuro. Amo cada cambio. Cada arruga alrededor de sus ojos cuando sonríe, cada cana en sus sienes, cada cicatriz de las noches en que casi no sobrevivimos. Las recorro con las yemas de los dedos mientras le quito la camisa de los hombros.—Hueles a problemas —murmura contra mi clavícula, con esa voz grave y áspera que se le pone cuando ya está medio perdido por mí.—¿De los buenos? —pregunto, bajando la mano por su abdomen y sintiendo cómo se tensan sus músculos bajo mi toque.—De los mejores. —Me atrapa la muñeca, besa el centro de mi palma y luego la guía más
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