Elizabeth Carnegie.Por un instante, el silencio cayó entre nosotros. Pesado. Cargado de un significado que aún no lograba descifrar del todo. Las palabras de Ramsés seguían flotando en el aire como una nube de tormenta, y yo solo podía mirarlo, sintiendo cómo el mundo que creía conocer comenzaba a resquebrajarse bajo mis pies.— ¿A qué te refieres, Ramsés? — pregunté finalmente, y mi voz era un susurro que apenas lograba ocultar la confusión que me carcomía por dentro.Ramsés se pasó una mano por el cabello, un gesto nervioso que no le había visto en años. Sus ojos, siempre tan calculadores, ahora brillaban con una ansiedad que apenas lograba contener. Dio un paso hacia mí, y luego otro, como si necesitara acortar la distancia para que lo que iba a decirme no se perdiera en el aire.— Anoche vine a buscarte — comenzó, y su voz era baja, contenida, como si temiera que alguien pudiera escucharlo —. Quería hablar contigo sobre algo que me preocupaba, pero cuando llegué a la mansión, vi
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