LIRA—Sabes —digo, sin darme la vuelta—, para alguien que se hace llamar estratega… eres muy ruidosa.Se produce un silencio absoluto, seguido de una risa suave. Burlona. Familiar.—Siempre tuviste una lengua afilada, Lira.Sonrío ligeramente.—Curioso —respondo, aún contemplando el borde del acantilado mientras el viento se enrosca en mi cabello—. Estaba pensando lo mismo sobre tus instintos de supervivencia.—Supongo que han empeorado.Arena entra en mi campo de visión. Sus ojos están más oscuros ahora. No solo enojados; alterados. La sombra se aferra a ella como si le perteneciera, o tal vez como si ella misma se hubiera entregado a la oscuridad.—Deberías haberte quedado escondida —le digo.Ella sonríe. Cruel.—Tú deberías haberte quedado en la ignorancia.Eso capta mi atención. Me giro por completo. La enfrento. Y por un segundo, solo nos miramos. Dos fuerzas. Dos elecciones. Dos resultados.—Viniste sola —noto.—¿Ah, sí? —pregunta ella con ligereza.Inclino la cabeza un poco. Es
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