La luz del sol se filtraba a través de las pesadas cortinas del dormitorio de Ronan, proyectando cálidos patrones sobre las arrugadas sábanas negras. Aurelia se removió lentamente, con el cuerpo pesado por ese tipo de profunda satisfacción que solo llegaba después de horas de intenso placer. Parpadeó contra la luminosidad, dándose cuenta de que llevaba puesta una de las camisas negras oversized de Ronan. La tela le llegaba a mitad del muslo como un vestido corto, impregnada de su aroma: boscoso, especiado e inconfundiblemente masculino. Se ceñía a sus curvas, suave contra su piel desnuda.Se estiró, con una pequeña sonrisa tirando de sus labios mientras los recuerdos de la noche anterior inundaban su mente. Las manos de Ronan, su boca, la forma en que la había deshecho una y otra vez hasta que ella suplicó piedad. Pero cuando se giró hacia el otro lado de la cama, estaba vacía. Las sábanas estaban frías, lo que significaba que él se había ido hacía un rato.Aurelia se sentó, pasándose
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