Kai retiró sus dedos, resbaladizos por su liberación, y se arrodilló al borde de la cama. Le abrió los muslos de par en par y su lengua lamió sus pliegues, limpiándola con largas y planas caricias que la hicieron temblar de nuevo. Saboreó cada gota, succionando suavemente su clítoris antes de levantarse y acostarse a su lado, atrayendo su cuerpo cerca, piel contra piel.—Creo que necesito ir a mi habitación —susurró Mira, con la voz temblorosa mientras la realidad regresaba. Alcanzó su blusa, se la puso, pero sus shorts yacían hechos jirones en el suelo.Kai rio suavemente, tomó unos pantalones de chándal suyos de un cajón —le quedaban holgados, pero mejor que nada— y le lanzó un beso en la puerta, observándola marcharse con una sonrisa satisfecha.Mira cerró la puerta de la habitación de invitados y saltó sobre la cama riendo y pataleando.La luz del sol matutino se filtraba a través de los árboles cuidados que bordeaban el camino de entrada de la enorme mansión, proyectando largas s
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