Las luces fluorescentes de la oficina de planta abierta zumbaban como truenos lejanos, proyectando un resplandor estéril sobre filas de cubículos llenos de monitores, tazas de café y aperitivos a medio comer. Era la tarde avanzada, el reloj avanzaba inexorablemente hacia las cinco y el aire vibraba con el murmullo bajo de teclados tecleando y teléfonos sonando sin parar. Aurelia estaba encorvada sobre su escritorio, con los dedos volando sobre el teclado mientras finalizaba un informe sobre las