El bar estaba a pocas manzanas de la comisaría. Discreto, con luz tenue, madera oscura y paredes cubiertas de fotos antiguas, insignias enmarcadas y recortes de periódicos amarillentos. Era uno de esos lugares que no necesitaban un letrero llamativo; quien lo frecuentaba sabía exactamente dónde estaba. Allí, los policías iban a bajar la guardia durante unas horas.
Aquella noche, la barra estaba más llena de lo habitual.
El comisario Amaral apoyaba el antebrazo en la encimera de madera, con el v