YELENAExtrañaba tanto a mis padres que me dolía en silencio. Ese dolor que se instala en el pecho y te oprime lentamente hasta que sientes que respirar es diferente.Desde que llegamos, apenas se separaron de mí. Mi madre me seguía a todas partes, vigilándome como si pudiera desaparecer con un parpadeo. Me suplicaba que no me preocupara, me besaba las mejillas y la frente, susurrándome que todo estaría bien, que esta vez sería diferente.Mi padre hizo lo que siempre hacía cuando no sabía cómo aliviar el dolor. Compró cosas: bolsos, ropa de bebé demasiado pequeña para caber en la palma de mi mano, mantas suaves, amuletos bendecidos por el sacerdote de la ciudad, incluso piedras lunares del mercado nocturno.Casi nunca decía nada, solo las colocaba a mi lado como ofrendas, como si la Diosa de la Luna pudiera verlas y mostrar misericordia.Por un tiempo, casi olvidé todo lo que había pasado.Casi. Porque en cuanto me quedaba sola, aunque fuera por un segundo, mi mente siempre volvía a
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