Capítulo 27. Esposas de Diamante
—¿Acaso ese agradecimiento de hace un momento fue solo un efecto secundario de sus náuseas, señor Abraham?Elara no retiró la mano. Sus dedos seguían presionando con suavidad las sienes de Alejandro, sintiendo el pulso del hombre, que comenzaba a regularizarse. El silencio en esta suite VIP se volvió repentinamente denso, como si el oxígeno entre ambos hubiera sido succionado por una sola palabra, una que rara vez escapaba de los labios del tirano. Alejandro abrió los ojos lentamente. Su mirada, antes lánguida, recuperó su agudeza, volviéndose tan fría como el hielo ártico, dispuesta a congelar a cualquiera. De un tirón, apartó la cabeza, alejándose del toque de Elara como si la mano de la mujer fuera una brasa que incineraba su orgullo.—Ni por un segundo piense que una ligera debilidad física le otorga el derecho de ser insolente, Elara. Esas palabras no cambian nada.Alejandro se levantó de la silla con movimientos rígidos. Se arregló la costosa camisa, ligeramente arrugada, ign
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