JADENEl aroma a corteza vieja, lavanda quemada y incienso pulido me envolvió en cuanto entré en el estudio. Madre siempre mantenía esta habitación como un santuario, silenciosa e intacta por el tiempo y las presencias, un templo del pensamiento. No le había dicho a nadie que vendría; se suponía que era una sorpresa. Cursi, sí, sobre todo teniendo en cuenta que mis hermanos y yo ya éramos padres y que en su momento hice una rabieta y odié a mi madre más que a nadie por separarnos a todos. Pero cuanto más crecía, más la entendía, y después de convertirme yo mismo en padre, la valoraba aún más. Algo dentro de mí simplemente me había traído hasta aquí, y por más que intentara sacudírmelo, no podía. Madre me necesitaba.No me oyó entrar.Estaba sentada de espaldas a la puerta, envuelta en su velo de seda, esa misma tela etérea que siempre ocultaba más que su belleza. Miraba un mapa de los reinos, con los dedos rozando una de las antiguas zonas de batalla, aquella en la que casi había muer
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