El silencio en la oficina de Isabella Sterling era tan denso que podía cortarse con un cuchillo. La mujer rubia me miraba con una mezcla de incredulidad y miedo, sus dedos aferrados al borde del escritorio como si necesitara un ancla para no caer.
—¿Helena Winchester? —repitió, con la voz apenas un susurro—. ¿La esposa de William Winchester?
—Sí —dije, manteniendo la mirada firme—. Y sé que esto puede sonar extraño, pero necesito hablar con usted sobre su padre.
Isabella soltó una risa nerviosa