Camino con pasos firmes hasta el vehículo, abre la puerta para permitirme ingresar, lo hago y la cierra dejándome en la penumbra del asiento trasero, el vidrio negro que nos divide está levantado y sé que se debe a que no quiere verme. Mejor así, yo tampoco deseo seguirme confundiendo.Llegamos a la gala veinte minutos después, el pelinegro sale del auto y lo rodea para abrirme la puerta. Apenas pongo un pie afuera los flashes de las cámaras me hacen parpadear incómoda. Camino rápidamente seguida de mi guardaespaldas, ignorando sus insistentes preguntas sobre los dos atentados que me han hecho en solo dos días de estadía en este lugar.Vaya, las noticias vuelan en esta ciudad.Entramos al hotel y un par de empleados en traje me reciben cordialmente guiándome al gran salón en donde se encuentran grandes figuras públicas; mandatarios de algunas naciones, delegados de la ONU, senadores de otros estados, políticos del congreso.Todo un desborde de elegancia y apariencias que me obliga a s
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