Damián despertó a Elena con su boca en su cuello, lenta y cálida. Los primeros rayos de la luz de la mañana pintaban el dormitorio en un suave dorado. La besó perezosamente, tomándose su tiempo, como si el mundo fuera del penthouse ya no existiera.Su mano bajó por su cuerpo, ahuecando su pecho, el pulgar rozando su pezón hasta que se endureció bajo su toque. Elena se arqueó contra él con un suave suspiro, sus dedos enredándose en su cabello.—Buenos días —murmuró contra su piel, con la voz aún ronca por el sueño.Bajó más, besando entre sus pechos, y luego aún más abajo, hasta que su boca se posó entre sus muslos. Elena gimió suavemente cuando su lengua subió despacio por su raja, saboreándola. Se tomó su tiempo, disfrutándola, lamiendo y chupando con caricias suaves y deliberadas.—Me encanta cómo sabes por la mañana —susurró, mirándola con ojos oscuros—. Tan cálida. Tan dulce.Las caderas de Elena se mecían suavemente contra su boca. Él deslizó dos dedos dentro de ella, curvándolos
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