El dormitorio del ático aún estaba oscuro cuando Damian despertó a Elena con su boca en su cuello. La besó lentamente, con reverencia, como si cada caricia fuera una promesa. Su mano se deslizó bajo su camiseta, acunando su pecho con suavidad mientras su pulgar rozaba su pezón.
“Me encanta despertar a tu lado”, susurró contra su piel. “Me encanta lo cálida que eres. Lo perfectamente que encajas contra mí”.
Elena se giró en sus brazos y lo besó profundamente. “Entonces no pares”.
Él le quitó la