La imagen de aquella boca impertinente, que me respondía con insolencia, ahora envuelta en mí. Fue el gemido ronco que había soltado en la cocina, transformado ahora en un sonido de placer. La sensación de sus manos en mi pelo, tirando, no solo aceptando. En mi cabeza, era ella la que estaba allí, de rodillas, mirándome con esos ojos castaños llenos de fuego y desafío, devorándome.La fantasía fue tan vívida, tan potente, que la ola de placer que me recorrió fue arrolladora. Un rugido ahogado salió de mi garganta.— Mariana… —el nombre se me escapó de los labios en un susurro ronco, perdido en el gemido.Y entonces me corrí violentamente. Sujetando la cabeza de Priscila con fuerza, descargando dentro de su boca hasta que la hice toser y atragantarse, pero se lo bebió todo, sorprendida por la intensidad.La solté, jadeando, con el cuerpo temblando. Ella se echó hacia atrás sobre los talones, limpiándose la boca con el dorso de la mano, con una sonrisa victoriosa y un poco confundida en
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