Luego de ver cómo Marina finalmente se quedaba dormida, Sebastian salió de la habitación. El hombre se había quedado con una extraña sensación. ¿Acaso ese escuincle era el hombre que prometía darle estabilidad a Marina? Ahora que lo veía bien, llegaba a la conclusión de que lo que había sucedido entre la mujer que vivía en su casa y aquel había sido un completo error. —¡Ofelia! —dijo el hombre descendiendo de las escaleras. —¿Qué sucede, señor? —Marina finalmente se ha quedado dormida, pero necesito un favorcito tuyo. —¡Dígame, señor! ¿Para qué soy buena? —Bueno, necesito dos favores… Sebastián pensó mucho en si era correcto o no pedir aquello, pero no podía solo ver, oír y callar, más cuando aquel tipejo no paraba de recordarle al mal nacido que le había arrebatado la vida a su hermana. Ofelia, por su lado, miraba atenta al hombre; no sabía bien qué era lo que este hombre podía querer de ella, claro, a no ser que quisiera comida. —¿Señor? —¡Eh! Sí, sí, ¿tú sabrás el número t
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