Perspectiva: María Martínez López
El viento que venía del viejo puerto era cortante, cargado del aroma penetrante y salado del océano y del toque metálico del astillero. Estaba de pie en la terraza del histórico edificio de piedra, con el cuello del abrigo subido para protegerme del frío. Debajo de nosotros, el puerto era un desastre de aguas grises y acero oxidado, pero al mirar el largo y estrecho muelle de piedra que se extendía hacia el horizonte, se me cortó la respiración.
Era el canal.
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