Perspectiva: María Martínez López
El sol de la mañana de domingo era bajo y dorado, entrando a raudales por los grandes ventanales del restaurante. Teníamos el local para nosotros solos. Las sillas estaban todas metidas cuidadosamente bajo las mesas y el suelo había sido pulido hasta quedar brillante. Era el único día de la semana en que la cocina no zumbaba de actividad.
Mi padre, Martínez, estaba sentado frente a mí en la mesa de la esquina. Tenía un diario pesado y encuadernado en cuero e