La noche había caído, sumiendo la casa en un silencio extraño. Esa noche, Chantelle notó la ausencia de las voces de los guardias, normalmente apostados frente a su puerta. Ni susurros, ni ruido de botas. Un silencio inusual reinaba, como una invitación a intentar lo imposible. Se acercó suavemente a la puerta, con el corazón latiendo. Esta vez no había fracasado como a plena luz del día, cuando todas las miradas estaban fijas en ella. No. La noche le ofrecía una oportunidad, una de verdad. Sacó la llave robada, la insertó en la cerradura, giró suavemente… y la puerta se abrió sin hacer ruido. El pasillo estaba desierto, bañado en una luz verdosa que escapaba de las luces de emergencia empotradas en las paredes. Sin perder un segundo, Chantelle bajó las escaleras con paso sigiloso. El salón
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