El domingo por la mañana, el cielo sobre Madrid amaneció de un gris plomizo, amenazando con una tormenta primaveral que encajaba perfectamente con la opresión perpetua de la mansión. Sin embargo, en el interior de Daisy, el clima era muy distinto. Había amanecido con una claridad mental fría, afilada y deslumbrante.Lo primero que hizo al despertar, antes incluso de que Elena llamara a la puerta, fue asegurar su botín. El viejo teléfono Android y el USB estaban escondidos en el estuche de cepillos faciales, pero eso era un escondite temporal, demasiado vulnerable a una inspección rutinaria de limpieza.Daisy se encerró en el inmenso vestidor. Fue hasta la sección del fondo, donde guardaba los bolsos de noche y las piezas de colección que Arturo le había comprado pero que rara vez usaba. Eligió un clutch vintage de Chanel, rígido y forrado en satén negro, que tenía un defecto de fábrica en el doble fondo. Con la precisión de un cirujano, introdujo el teléfono, el cable USB-C robado del
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