El suelo blanco crujía apenas bajo las patas, y cada exhalación de los lobos se convertía en nubes de vapor que se disolvían en la oscuridad. Un aire tan frío que cortaba los pulmones, cargado del aroma resinoso de la madera helada, del musgo congelado y esa quietud que solo existía en las profundidades del territorio de la manada. Tres lobos corrían entre los árboles, fundiéndose con la noche. El primero era enorme, una mole de pelaje negro como la noche. Sus músculos se ondulaban con cada zancada precisa, silenciosa, sin desperdiciar ni una gota de energía. Las garras apenas rozaban la nieve, dejando huellas que el viento borraba en segundos. Sus ojos grises brillaban, Ronan, el alfa. A su lado corría un lobo gris oscuro, musculoso y veloz. Su pelaje tenía vetas plateadas que captaban la luz lunar, y sus movimientos eran fluidos, casi militares, Aarón, su beta mientras que no muy lejos moviéndose con una agilidad casi juguetona, avanzaba un lobo de pelaje claro, dorado bajo la
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