Lyra sintió cómo el fuego de la rabia le subía por el cuello hasta las mejillas, tiñéndolas de un rojo furioso que no podía ocultar. El sofá a su espalda era un muro frío e inflexible, y Ronan estaba tan cerca que su olor la envolvía como una red. Sus ojos grises parecían hechos de tormenta contenida por mil años.
—¿Nunca dijiste que lo fuera? —repitió ella, la voz quebrada por la indignación—. Entonces ¿qué demonios fue ese beso esta mañana, Ronan? ¿Un error? ¿Un capricho de alfa que se aburr