Narrador. Tres figuras avanzaban en silencio por el bosque, cerca de un río. Al frente iba el rey Seth que guiaba el paso, seguido muy de cerca por su hijo Aiden y el joven Harry, ambos, quienes cargaban pequeñas bolsas de cuero a sus espaldas.—La primera regla del rastreo no es usar los ojos, cachorros —explicó Seth en un susurro ronco, deteniéndose junto a un enorme pino—. El bosque cambia de forma con la niebla, pero los olores y los sonidos no mienten jamás. Cierren los ojos e inhalen profundo. ¿Qué sienten?Aiden, cuyo cabello blanco resaltaba incluso entre la espesura, apretó los párpados y aspiró el aire con fuerza, inflando sus mejillas infantiles.—Huele a tierra mojada, papá. Y a esas setas raras que a la señora Maribel le gusta recoger para sus medicinas amargas. Saben horrible pero funcionan rápido —respondió el pequeño príncipe, abriendo sus ojos amarillos con impaciencia—. ¿Ya podemos empezar a correr? ¡Quiero atrapar al ciervo antes de que salga el sol!—El apuro
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