( Eduardo) Nunca pensé que terminaría casándome en un jardín pequeño. De verdad no lo pensé. Durante años imaginé algo completamente distinto. Una boda enorme, llena de personas importantes, luces, fotógrafos, empresarios y sonrisas falsas. Algo elegante, impecable y vacío. El tipo de evento que parecía una fusión empresarial disfrazada de amor. Pero entonces apareció Sandra. Y de alguna manera ella tomó todas las ideas que tenía sobre la vida, las rompió una por una y me enseñó algo mejor. El jardín era pequeño, intimo, y hermoso. Había luces colgadas entre los árboles, flores blancas por todas partes y mesas decoradas con una mezcla extraña entre elegancia y caos porque Sandra y Clara habían pasado semanas organizándolo todo mientras Laura intervenía cada cinco minutos con ideas absurdas que, para desgracia de todos, a veces funcionaban. No había cientos de invitados ni mesas llenas de desconocidos. Solo estaban ellos, nuestra gente y nuestra familia. Miré alrededor
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