(NARRADO POR EIRA)El portazo de mi padre al salir de la habitación dejó un eco vibrante que pareció sacudir las paredes de cristal de la UCI. Mi madre lo siguió en silencio, lanzando una última mirada indescifrable sobre su hombro. Por fin, el aire pesado de la confrontación familiar se disipó, dejando solo el pitido monótono de las máquinas y la respiración agitada de Keelen.Él se dejó caer en la silla junto a mi cama, como si el peso de su propia confesión le hubiera roto las rodillas. Intentó tomar mi mano de nuevo, con esa urgencia de quien ha estado a punto de perderlo todo, pero yo retiré el brazo con una lentitud glacial, escondiéndolo bajo la sábana.—Eira... —susurró, y su voz, que antes era un trueno contra mi padre, ahora era un ruego—. Están fuera. Ya no hay que fingir. Estamos solos.Lo miré fijamente. Sus heridas, los golpes de mi padre, su ropa sucia de barro y nieve... todo en él gritaba sacrificio. Pero mi corazón, entumecido por el trauma y los meses de abandono en
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