La penetración fue lenta, deliberada, cada centímetro una revelación. Gabriela sintió cómo su cuerpo se abría para recibirlo, cómo sus paredes internas se estiraban para acomodar la anchura de él, y el gemido que escapó de su garganta fue mitad dolor, mitad placer. Matías enterró su rostro en su cuello, su respiración caliente y errática contra su piel, y se mantuvo inmóvil un momento, dejando que ella se ajustara a él.—Respira —susurró contra su oído—. Respira, mi amor.El "mi amor" la desarmó más que cualquier caricia. Nadie la había llamado así. Nadie había puesto tanta ternura en medio de tanta crudeza. Gabriela respiró hondo, y en la exhalación, sintió cómo su cuerpo se relajaba, cómo cedía finalmente, aceptándolo por completo.Entonces &e
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