Esa noche, a las diez, Gabriela subió a la terraza del edificio buscando aire. Necesitaba espacio, distancia de su apartamento donde cada superficie le recordaba preguntas sin respuesta. La terraza estaba en el último piso, un espacio común que nadie usaba porque las sillas de plástico estaban descoloridas y la vista era solo más edificios.Lo que no esperaba era encontrar a Matías ahí.Estaba en el suelo haciendo abdominales. No era exhibicionista ni aparatoso, sino la rutina de alguien que hacía esto solo y en silencio desde hacía años. Llevaba una camiseta gris oscura que se pegaba a su torso con el sudor, y pantalones deportivos que revelaban la definición muscular de alguien que se tomaba el ejercicio en serio.Gabriela se sentó en una de las sillas de plástico sin anunciarse. Lo observó durante treinta segundos antes de que él la notara. Su respiraci&oa
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