Mathías la llevó a su habitación con pasos medidos pero urgentes. La luz de la tarde de domingo entraba por la ventana creando sombras suaves en las paredes blancas. La acostó sobre la cama con un cuidado que contrastaba marcadamente con la intensidad que podía verse en sus ojos oscurecidos.Se desvistieron lentamente. Era un ritual nuevo para ellos, acostumbrados a la urgencia voraz de encuentros anteriores. Pero esta vez, cada prenda que caía era una ceremonia, una revelación que iba más allá de lo físico. Él desabrochó los botones de su blusa con una parsimonia que la hacía temblar, sus nudillos rozando su piel descubierta con cada movimiento, creando estelas de fuego que la hacían arquear la espalda inconscientemente. Ella, a su vez, deslizó sus manos por debajo de su camiseta, sintiendo el calor de su torso, el vello que crecía en una línea que descend&i
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