La gala del Museo de Arte era un mar de seda, diamantes y sonrisas calculadas. El vestido de Emily, de un rojo oscuro y ceñido, dejaba al descubierto sus hombros y la curva de su espalda, y hacía que el zafiro del collar brillara como un fragmento de noche estrellada. Caleb, con su esmoquin impecable, era la imagen del magnate exitoso y devoto. Juntos, formaban una pareja deslumbrante.Desde el momento en que entraron, sintieron las miradas. De admiración, de curiosidad, de envidia. Pero Emily, entrenada por las cenas de antaño y por su nueva confianza, navegaba las aguas con elegancia natural. Saludaba a conocidos, hablaba con entusiasmo de los proyectos de la fundación, y su mano nunca se separaba del brazo de Caleb por mucho tiempo.Caleb, por su parte, estaba en su elemento. Hablaba de logística y expansión de mercado con otros empresarios, pero sus ojos nunca dejaban de escanear la habitación, discretamente, buscando cualquier anomalía. Marco y otro guardia, vestidos de esm
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