La recuperación de Caleb fue lenta y llena de frustración para un hombre acostumbrado al control absoluto. La herida en el hombro limitaba su movimiento, y el dolor lo mantenía irritable. Pero fue en esa vulnerabilidad forzada donde su relación con Emily alcanzó una nueva profundidad.Ella se convirtió en sus manos, sus pies, su voz cuando la debilidad lo vencía. Leía los informes en voz alta, transmitía sus órdenes con precisión, y lo ayudaba en las tareas más íntimas sin un ápice de vergüenza o disgusto. Lo bañaba con esponja, le cambiaba las vendas, le daba de comer cuando el brazo izquierdo no respondía.Una noche, particularmente difícil, Caleb se despertó sudando por una pesadilla. En sueños, veía a Emily cayendo, alcanzada por la bala destinada a él, y a Lucia llorando en un vacío oscuro. Jadeó, desorientado, el dolor en su hombro palpitando al ritmo de su corazón acelerado.—Shhh, estoy aquí —la voz de Emily, suave y segura, surgió de la oscuridad. Ella estaba sentada en
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