Leonardo miró el estado desordenado de la cabaña, las gotas de sangre en el suelo, las sillas tiradas, y su pecho se hundió.Caminó hasta el joven guardia de seguridad y lo sujetó por el cuello de la camisa, presionándolo contra la pared.— ¿Dónde está mi hija, Sebastian?! ¿Dónde está?!Sebastian apretó los dientes y cerró los puños, irritado consigo mismo, sintiéndose culpable e inútil.— Yo... lo siento, señor —— ¿¡Lo sientes?! ¡Tu deber es protegerla! ¡Cuidarla! ¿Cómo dejaste que esto ocurriera? ¿Cómo dejaste que se llevaran a mi hija? ¿Qué le voy a decir a su madre?! — gritaba Leonardo, totalmente alterado.— Señor, por favor, ¡cálmese! — pidió Afonso, intentando intervenir.Leonardo soltó a Sebastian y pasó la mano por el cabello, caminando de un lado a otro, nervioso.— Hace apenas media hora desde que me fui, no deben estar lejos — dijo Sebastian.— ¡Todos, dispérsense en el perímetro! Vamos a bloquear todas las carreteras alrededor, detengan cualquier coche, encuentren a la s
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