Poco a poco, el balanceo violento del yate fue cediendo hasta convertirse en un vaivén rítmico y pesado. El motor seguía muerto, pero la embarcación parecía haber encontrado un equilibrio precario entre las olas. Grace, con el corazón todavía galopando contra sus costillas, sintió el peso firme y protector de Dominic sobre ella. La oscuridad en la cabina era casi total, rota solo por los fogonazos de los rayos que se filtraban por los cristales empapados.—Ya no necesitas estar encima de mí —susurró Grace, con la voz entrecortada—. Parece que el barco se estabilizó.Dominic no se movió de inmediato. En la penumbra, ella pudo sentir su mirada fija, intensa, recorriéndole el rostro con una mezcla de ansiedad y alivio. Con una lentitud que le erizó la piel, él levantó una mano y le acarició la mejilla con una devoción que no pudo ocultar. Sus dedos temblaban apenas.—¿Seguro no tienes golpes o heridas? —le preguntó él, con una voz ronca que vibraba de preocupación—. Por favor, Grace, dim
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