El laboratorio privado abría a las nueve de la mañana.Margaret McKenzie no esperó las nueve.Llamó al director a las siete cuarenta y dos, desde el asiento trasero de un taxi mediocre —porque los taxis mediocres eran su nueva realidad—, con la voz de quien está acostumbrada a que el mundo se reorganice según su agenda.—Necesito resultados en cuarenta y ocho horas.—Señora McKenzie, el protocolo estándar es——Cuarenta y ocho horas —repitió—. O llamo al periodista que escribió sobre sus irregularidades fiscales del año pasado.Silencio breve.—Cuarenta y ocho horas.Colgó.Abrió la pequeña bolsa de plástico que el mensajero anónimo le había entregado en el aeropuerto de Turín, dos horas antes de su vuelo de regreso.Dos sobres sellados.Uno etiquetado: L.M. — vaso de cristal, Restaurante Aprile, 14/11.Otro: V.R. — copa de champagne, Gala Fundación Rossi, 08/11.L.M.Luca Marchetti.El hijo de esa mujer.V.R.Valentino Rossi.Margaret cerró los dedos sobre los sobres con cuidado, como
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