—Ay... más despacio... me duele...Los jadeos de una mujer empezaron a escucharse desde la habitación de al lado. Abrí los ojos de par en par, sin poder creerlo; esa era, sin duda alguna, la voz de Itatí.¡Mientras yo no estaba, esa perra me estaba poniendo los cuernos de la manera más descarada!La furia me hirvió en la sangre. Quise ir directo allá para atrapar a ese par de cínicos, pero Briseida me sujetó por la espalda, rodeándome con sus brazos.Ella debía tener alguna razón para detenerme en ese momento, así que me obligué a tragarme el coraje y me quedé quieto, escuchando lo que pasaba en el otro cuarto.Se oía el golpeteo rítmico de los cuerpos, el crujir constante de la madera del piso y los resoplidos agitados de un tipo que no dejaban de retumbar en mis oídos.—Itatí, estás bien apretadita... me encantas, carajo...El sujeto habló, y de repente sentí una punzada en el pecho. Esa voz me resultaba extrañamente conocida, aunque no lograba ubicarla del todo.Para calmar mi furia
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