Masaje Con Final De Rancho
Masaje Con Final De Rancho
Por: Leep
Capítulo 1
Me llamo Ernesto Rangel, tengo treinta años y soy el típico soltero que vive para trabajar.

Hace poco tuve la mala suerte de que me despidieran, así que no me quedó de otra que aceptar un puesto de guardia en el gimnasio de un fraccionamiento de lujo a las afueras.

Si no hacía algo pronto, en esta ciudad donde todo es carísimo, ni para la renta me iba a alcanzar.

Lo que nunca esperé fue que, en mi primer día de trabajo, me encontrara con alguien conocido.

—¿Ernesto? ¡Qué casualidad! No pensé verte por aquí, ¿tú también vives en este fraccionamiento?

Al ver esa cara tan linda y tierna, me quedé medio lelo; fue como si de golpe regresara a mis años de estudiante, cuando todavía no sabía nada de la vida.

Esbocé una sonrisa apenada:

—No, yo... yo trabajo aquí.

Ella se fijó en mi uniforme de guardia y parece que notó mi incomodidad, porque ya no siguió con el tema.

—Está bien, te dejo trabajar. Voy a hacer ejercicio.

Pasó junto a mí y el aroma de su cabello me rozó el cuello; sentí un cosquilleo por todo el cuerpo.

Me quedé viendo cómo se alejaba; con esos leggins tan ajustados, se le veía una retaguardia perfecta que se movía con cada paso. Sentí que se me subía la temperatura.

Esa mujer era Briseida Macías, la chica que me traía loco en la universidad.

Como era de la facultad de danza, Briseida tenía una cara de niña buena, súper dulce, pero un cuerpo que no era de este mundo. Estaba de infarto.

Cinturita de avispa, un pecho bien firme y ese duraznito que tenía por detrás... volvía loco a cualquiera.

Me quedé en la entrada saludando a los que llegaban, pero no le quitaba la mirada de encima a Briseida, aunque fuera de reojo.

Se subió a una bicicleta de spinning y empezó a darle; tenía la cola bien levantada y se movía de un lado a otro con el pedaleo. Su ropa deportiva estaba tan apretada que resaltaba todas sus curvas, sobre todo ese par de atributos que parecía que iban a reventar el sostén en cualquier momento.

A veces se paraba en los pedales y todo aquello rebotaba con el movimiento. Con lo levantada que tenía la parte de atrás, daban unas ganas tremendas de agarrarla por las piernas.

Se notaba que era muy flexible; seguro no le costaba nada abrirse de piernas y ponerse en cualquier posición.

Y no era solo yo; casi todos los hombres en el gimnasio se le quedaban viendo.

Al poco rato, ya estaba empapada en sudor. Respiraba con dificultad, se puso algo pálida y arrugó la frente; parecía que la máquina la estaba forzando de más porque su cuerpo subía y bajaba sin control y su cabeza se movía de un lado a otro como si ya no pudiera más.

De lejos, se veía como si la máquina la estuviera dominando por completo.

Fue hasta que me lanzó una mirada de auxilio que me di cuenta de que algo estaba mal con el aparato.

Corrí hacia allá de inmediato.

—Pusieron la velocidad muy alta, ¿cómo crees que vas a aguantar así?

Desconecté la bici de un jalón y por fin Briseida pudo bajarse.

Se agachó para recuperar el aire y me dejó ver todo el escote; ese par de nenas se movían de forma tentadora cada vez que ella hacía el menor esfuerzo por respirar.

—Gra... gracias, Ernesto. Es la primera vez que uso una de estas, qué bueno que estabas cerca.

Pasé saliva y me obligué a mirar para otro lado; me moría de vergüenza si se me llegaba a notar el bulto frente a ella.

Pero entonces, Briseida me agarró del brazo:

—Ay, creo que me lastimé la espalda baja por el esfuerzo. ¿Crees que podrías venir a darme un masaje en el salón de yoga?

Deslizó su mano por mi brazo hasta mi muñeca y, poco a poco, puso mi mano justo arriba de su cadera.

Al sentir lo caliente que estaba su piel y cómo le temblaba el cuerpo, sentí que la sangre se me bajaba directo a la entrepierna.

Sin querer le di un apretón y, al instante, la escuché soltar un gemido bajito. Su cuerpo se puso blandito y se recargó en mí; luego, con la cara toda roja, se enderezó y me llevó de la mano hacia el salón de yoga.
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