Itatí Cárdenas es mi novia.
Nos conocimos por una de esas citas que arman las familias allá en el pueblo; tiene veintiocho años y trabaja de maestra de kínder.
—Ernesto, ya llegué a la estación. ¿Crees que puedas venir por mí?
La voz de Itatí saliendo del celular me cortó la calentura de tajo.
Llevábamos seis meses en una relación a distancia y, aunque casi no nos veíamos, ya hasta conocíamos a nuestros suegros. Ella tiene un trabajo estable y es una mujer de su casa, de esas que valen para casa