Justo cuando iba a dar el siguiente paso, se escuchó de repente que abrían la puerta.
Rápidamente escondí detrás de la espalda la mano que agarraba la tira del sostén, y Briseida también se apresuró a arreglarse la ropa con gesto nervioso.
—Ernesto, ¿qué haces ahí adentro? Hay un cliente en la entrada, ve a ayudarle con el auto.
Era el gerente del gimnasio. Seguro se dio cuenta de que llevaba un buen rato desaparecido del puesto y vino a buscarme.
—Una clienta se lastimó la cintura, la ayudé a e