Dora respiraba entrecortadamente, agitada mientras se despatarrada sobre la mullida alfombra, con el peso de la traición clavada en el suelo. Su mente corría, reconstruyendo los fragmentos de engaño que yacían dispersos a su alrededor. Con un ataque de furia, se recuperó de la desesperación, con la mirada fija en la figura de su esposo que se alejaba. «William», siseó, con la voz impregnada de veneno mientras se tambaleaba hacia adelante, impulsada por una fuerza que no podía contener. «¡William Jackson!».Le temblaba la mano al abrir de golpe la puerta del santuario de William, un estudio impregnado del intenso aroma a cuero y mentiras. Allí estaba él, un monolito inmóvil en medio de la tormenta de su ira, bebiendo su whisky con indiferencia, como si fuera cualquier otra noche. Los dedos de Dora se aferraban a su cintura, y su pie golpeaba el suelo de madera con un ritmo impaciente. «Me mentiste. ¿Te atreves a mentirme, William?». Su acusación cortó el aire denso, pero cayó en oídos
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