Elías se tensó. Toda la situación era demasiado irregular, y las sospechas que venían acumulándose en su mente, lo aterrorizaban más. —¿Hablaste con la chica? ¿Sigue teniendo el diario de Bianca?—Hablé con ella menos de cinco minutos —respondió Marcus—. Pero señor… No confía en nadie. Cree que yo también trabajo para Valentina o que los Lewinsky me enviaron para silenciarla. Se niega a decirme en qué hostal está exactamente y aunque yo peine la zona, ya ella me conoce, huirá cuando me divise. Teme encontrarse conmigo y que sea una trampa. Señor, si no logro entrevistarla pronto, se va a esfumar, ya sea por ella misma o porque los Lewinsky están atando los cabos sueltos sobre el viaje que hizo la señora antes de casarse con usted. Pero si la chica muere, sale de Italia o se pierde en las montañas, nunca recuperaremos ese diario de piel negra.—Escúchame bien, Marcus —dijo Elías, su voz volviéndose una orden gélida pero llena de determinación—. No la presiones. Si la asustas más, la p
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