Fiona, con un brillo de astucia en los ojos, le dijo a su amiga: —Abriré la puerta solo lo suficiente para traer la comida, pero no pienso dejar que Damian ponga un pie aquí todavía.Adeline asintió, agradeciendo la complicidad. Fiona entreabrió la puerta y, con voz firme, le dijo a la empleada: —Helena, dame el recipiente. Ya puedes retirarte, nosotras nos encargamos.Helena se quedó desconcertada y buscó con la mirada la aprobación de Damian. Él, con una sonrisa enigmática que no presagiaba nada bueno, respondió: —Dáselo, Helena. Iré a comer algo a la cafetería mientras tanto.En cuanto Fiona tuvo la comida, cerró la puerta de golpe y echó el cerrojo. —¡Comer en la cafetería, sí, claro! —bufó Fiona—. Seguro esperaba que lo dejaras fuera para irse corriendo a almorzar con Sienna. Es tan predecible que asusta.Adeline mantuvo una expresión tranquila, aunque por dentro la tormenta no cesaba. Se sentó a la mesa y compartió el almuerzo con Fiona en un silencio cargado de pensamientos. De
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