Ivy, con un brillo de astucia en los ojos, le dijo a su amiga: —Abriré la puerta solo lo suficiente para traer la comida de las manos de Helena, pero no pienso dejar que Damian ponga un pie aquí todavía. No ha hecho méritos para respirar el mismo aire que tú. Adeline asintió, agradeciendo profundamente la complicidad de su amiga. Ivy entreabrió la puerta y, con voz firme, le dijo a la empleada: —Helena, dame el recipiente de una vez. Ya puedes retirarte, nosotras nos encargamos de todo aquí adentro. Helena se quedó desconcertada, sosteniendo la bandeja con fuerza, y buscó con la mirada la aprobación de Damian. Él, con una sonrisa enigmática que no presagiaba nada bueno y que ponía los pelos de punta, respondió con calma: —Dáselo, Helena. No queremos una escena. Iré a comer algo rápido a la cafetería del hospital mientras tanto. En cuanto Ivy tuvo la comida en sus manos, cerró la puerta de golpe y echó el cerrojo con un estruendo metálico. —¡Comer en la cafetería, sí, claro! —bufó Iv
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