En aquella mansión sumida en un silencio sepulcral, el mutismo de Jared era más aterrador que cualquier rugido. Cada vez que Nancy llamaba, lo que salía del auricular ya no eran insultos, sino esa voz grave, ronca y con un magnetismo teñido de alcohol que enviaba escalofríos por la espalda. Despachaba a todo el mundo con una paciencia casi masoquista; esa calma opresiva hacía sentir a Nancy que él caminaba por el borde de la locura.Dentro del grupo, el caos se extendía como una plaga. Mientras tanto, Jared se encerraba en la habitación de Ava, dejando que la tormenta rugiera tras los marcos de las ventanas.Era como un trasatlántico hundiéndose en medio del océano. El agua ya había inundado la cubierta y la tripulación corría desesperada por sus vidas, mientras su capitán permanecía sentado en el camarote en penumbras, agitando una copa de licor color ámbar con una mirada vacía y, a la vez, fascinante.Esperaba a la mujer que, con sus propias manos, había perforado su corazón, para q
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