El amanecer llegó despacio, como si no quisiera interrumpir la calma del lugar. Una neblina ligera se deslizaba entre las hileras de viñas, y el sol apenas comenzaba a pintar los bordes de las hojas con un brillo dorado.Mateo salió primero. Llevaba una camisa sencilla arremangada y las manos aún tibias del café. Se detuvo un segundo a respirar. El aire olía distinto. Más húmedo. Más antiguo.—Pensé que serías el primero —dijo una voz detrás de él.Ernesto ya estaba allí, apoyado en su bastón, sombrero en su lugar, como si hubiera salido con el amanecer.—Buenos días —respondió Mateo.—Eso depende —dijo Ernesto—. Si trabajas, sí lo son.Mateo sonrió.Unos pasos más tarde, Tara apareció desde la casa, recogiendo su cabello en una trenza improvisada.—No pensé que hablaban en serio con lo de ayudar —dijo.Ernesto la miró de arriba abajo, evaluando sin disimulo.—Las uvas no esperan a nadie.Le extendió unas tijeras de podar.—Solo las que están listas —indicó, señalando un sector cercan
Leer más