Su cerebro había dado todo de sí con tanta presión. Sus ojos apenas tenían la fuerza para quedarse abiertos; al igual que su cuerpo, cansado y dolorido, cada músculo se quejaba con ligeros espasmos. Sacando la última gota de sus fuerzas, estiró el pie. Bostezó, justo cuando el pie tocó la siguiente grada. No se fijó que puso la mitad fuera. Al apoyarse, la suela se resbaló, el tobillo se dobló y su cuerpo se fue de lado. En el aire, abrió los ojos, la sorpresa no la dejó reaccionar. Su hombro chocó contra el suelo, rebotó, dio vuelta y volvió a rebotar. Temió caer tres niveles abajo; así que su instinto la hizo agarrar el piso. Sus manos se resbalaron, sin encontrar de que sujetarse. El piso rechinó al rozar con sus palmas. La fric
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