El Monte Mármol, una vez majestuoso, no era ahora más que un montón de escombros bañados en sangre y luz. Los restos de la energía explosiva de Malakor dejaron un olor a azufre y un vacío aterrador. En medio de la destrucción, Alaric estaba arrodillado sobre la tierra agrietada. Su respiración era pesada, cada bocanada de aire se sentía como tragar fragmentos de cristal. Su manto dorado estaba rasgado, pero sus ojos, que habían recuperado su color original un profundo azul marino miraban a la pequeña figura en sus brazos con una expresión destrozada y, al mismo tiempo, de alivio.Lucian había vuelto a su forma de bebé, aunque su piel aún conservaba tenues patrones plateados que brillaban débilmente. El niño ya no lloraba; dormía profundamente, exhausto tras haber sido el campo de batalla entre dos fuerzas divinas.Alaric levantó la vista al sentir una brisa que olía a jazmín, en contraste con el hedor a muerte. Aria estaba de pie frente a él o más bien, la imagen espectral de Aria.
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