La paz era absoluta. Mariposa no sentía frío, ni calor, ni dolor. Solo flotaba. Suspendida en un lugar donde el tiempo no existía. No sabía si tenía cuerpo, pero sí conciencia. Una conciencia plena, limpia, como si todo el peso de la tierra hubiera quedado atrás. No había olas, ni sal, ni miedo. Solo una bruma blanca y cálida que la envolvía con la ternura de una madre hacia su recién nacido. Y entonces la vio. Una silueta entre la neblina, alta, femenina, lánguida y de cabello rubio largo y suelto. Avanzaba con pasos tranquilos, el cabello largo moviéndose con suavidad, el rostro sereno. Mariposa la reconoció a pesar de no haberla visto nunca en vida. —¿Miranda? —preguntó realmente sorprendida. La mujer sonrió, con una calidez que no se podía describir con palabras humanas. Era belleza en su estado más puro, no por su apariencia, sino por la luz que emanaba de ella. —Sí —respondió con dulzura—. Soy yo, Mariposa. Ella no supo bien qué decir. De pronto, todo lo que había vivido c
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